Gatagalla
Guadalupe odia que la niña que vive adentro de ella la llame Lupe o Lupita. Guadalupe tiene siete años y tres dedos en una mano y cuatro en la otra. En mayo, un perro color caca la mutiló a la salida de la primaria. Desde entonces no pisa la escuela. Agosto y lo que va de septiembre pasa horas sentada en los peldaños altos de la escalera de la vecindad. Ahí suele esperar a su madre, la acordeonista del metro más risueña y desafinada de México. Es difícil que Guadalupe se aburra. Ella y su niña residente inventan insultos contra Lobito, el perro que Jacobo, su vecino, tiene recluido. Los ladridos no paran. En combinación con el olor a guisantes que despiden las casas ajenas, hacen cimbrar el esqueleto que soporta la soledad de Guadalupe. Así que se destapa los oídos y lanza escaleras abajo la lata de refresco mordisqueada que la última semana ha rellenado muchas veces con agua de la llave. Atina contra la ventana de Jacobo, de quien los otros vecinos ignoran a qué se dedica o por q...